16 de noviembre de 2008

Crisis


Infancia de sabañones, dientes picados, lombrices y uñas de luto. De niño dormía en una cama turca en el hueco de la escalera. Se levantaba de noche. Con un papel de periódico encendía el carbón para hacerse el desayuno. Con el frío que hacía no se lavaba mucho, la verdad. Luego iba al colegio andando con la cartera y su trozo de pan con chocolate. Al medio día bajaba a comer a casa. Plato único y cuatro galletas o fruta de postre. Al colegio de nuevo por la tarde. Y era feliz, porque entonces la crisis no se conocía.

4 comentarios:

Piel de letras dijo...

La crisis de la infancia (si la hubo)toca la puerta del adulto de una u otra forma. A veces como experiencia superada, otras como pesadilla recurrente.
La felicidad no depende de las crisis tanto como de aceptar lo que venga con la mejor de las actitudes posibles.
¿Que nos dieron limones? ¡hagamos limonada!

Besitos

Lan dijo...

Que Dios nuestro señor nos ponga donde haya que, de coger, ya nos encargaremos nosotros. Así decían mis piadosos abuelos.
Había veces que, sobre no haber nada, podían darte dos hostias por pedir. Te podías hacer con ellas una ensalada o saltearlas con humo de cirio. Lo que quisieras.
Pero crisis, lo que se dice crisis, de eso nada. Ni se conocía.
Saludos ;-)

Zeltia dijo...

un niño afortunado, hasta tenía postre!

Lan dijo...

Y casa y padres y colegio y cama y zapatos... pero no pudo vivir lo bien que hoy se vive en el mismo lugar porque entonces no había crisis ni esas cosas tan graves que nos suceden en los países opulentos.