
Seguían rodando juntos, ciertamente, ya cuesta abajo. Pero, en cualquier caso, no imaginaba mejor compañía. Iban siempre igual porque, para él, ni el espacio ni el tiempo habían cambiado. El espacio era ella, el tiempo mutuo. Temía dormirse y no volver a verla más. Le aterraba el hueco de su ausencia. Le despertaba su sueño y le parecía que, al dormir, le robaba. Se serenaba cuando despertaba. No concebía el lugar donde ella no estuviera. Ese sitio no existe, se decía. Angustiado, después, se preguntaba: no sé qué voy a hacer si muero antes y, mucho menos, si muero después.
2 comentarios:
Ese temor en el sueño del amado, creo que es inherente al amor mismo.
Esa angustia del hueco de su existencia.
Y aún así, no sólo se sobrevive, si no que, en la mayoría de los casos se vuelve a vivir.
Estoy seguro. Hay que aprender de los que saben. Pero, me conformo con el destino del del cuento, o sea, post, como tú dices. :-)
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