18 de septiembre de 2011

Un recuerdo para Antonio

Antonio es un viejo pastor casi nonagenario. Vive despacio en el camping de Manzanera. Compró una caravana con un avance casi nuevo. Paga cien euros al mes a la patrona. Come a sus horas que, como son suyas, no coinciden cada día con esas otras, propiedad del reloj. Se ducha cada quince días, como mucho, y habla, si tiene compañía, con esa regularidad tranquila del que tiene un calendario interno inasequible a los órdenes que rigen las vidas de los otros. Como un hidalgo de las flores silvestres vive en su casa de lona y plástico Antonio el solitario.

7 comentarios:

zeltia dijo...

un hidalgo de las flores silvestres...

que envidia de antonio.
nonagenario, con una salud aceptable para su edad... y no necesitando a los demás para vivir.
yo tengo esa necesidad del contacto.

zeltia dijo...

pero me gustaría no tenerla

Lan dijo...

Casi todos los que han sido pastores muchos años, y que lo fueron hace décadas, tienen otro concepto del tiempo y de la compañía y, ambas cosas, se las administran a su modo. Y, además, es difícil saber lo que piensan. Andan por ahí como un paisaje humano, bonito, pero que se nos antoja desolado a los que lo vemos desde fuera.
Saludos, Zeltia.

Piel de letras dijo...

Yo supongo que en otra vida fui eso. Me gustan mi soledad elegida, mi libertad compartida y mi privacía.
No aspiro a ser nonagenaria, octagenaria ó septuagenaria. Es mas, en ese sentido no aspiro a nada. Acepto como bien recibido el regalo de cada día.

Lan dijo...

Pues me parece muy bien, Piel de Letras.

Ángeles dijo...

A lo mejor lo de Antonio es algo parecido a la libertad, ¿no?

Me gusta mucho la forma de este texto, pues transmite el sosiego y la calma con que vive el protagonista.

Lan dijo...

Sí, Ángeles, lo de Antonio es una forma de libertad, pero de libertad discreta, sin testigos. Acaso no exista otra. Una libertad sin ninguna proclama.