11 de enero de 2012

Txistularis

Impertérritos, ajenos al paso de la gente, que parece alocadamente amorfa, tocan los siete serios acompasados sabiendo el son. Sobrios, tranquilos, como si estuvieran en el prado siempre verde de su aldea con el tiempo parado, interpretan impávidos tonadas heredadas de antaño.
Luego se van pausadamente y formados sin acuerdo previo, entonando religiosamente y con ritmo ambidextro, hasta la Plaza Nueva. Y siguen allí con el txistu y el tamboril ese homenaje suave que parece dirigido a las piedras, ajeno a transeúntes y turistas, y que sólo los viejos parecen apreciar por dentro, sin que nada lo denote por fuera.

6 comentarios:

Aldabra dijo...

me encanta que las personas, aunque se hagan mayores, sigan haciendo cosas y teniendo ilusión.

biquiños,

Lan dijo...

A mí, Aldabra, me encanta que lo hagan incluso los jóvenes.
Bicos.

Piel de letras dijo...

Amor al arte que le llaman ¿no?

Lan dijo...

En este caso, amor a las tradiciones.
Llega un momento en que los viejos son las tradiciones vivas.
Seguro que por allá sucede lo mismo, Piel de Letras.

zeltia dijo...

yo noto que cuanto más mayor me voy haciendo más me apetece conservar ciertas tradiciones que antes, cuando era joven, me parecían bobadas.
Bobadas y cosas de viejos... hummmmm... a que iba a tener razón?
;-)

Lan dijo...

Entre lo anodino, uniforme e insulso, que es todo lo que vemos ahora, nos vienen a la memoria los sencillos recuerdos infantiles. Y, entre lo que hay y lo anterior, elegimos lo que nos parece más nuestro porque algo significa. Como si nos empeñáramos en que perdurara un mundo que se han empeñado en destruir para sustituirlo por la nada.
¡Ay, Zeltia, que buscamos un refugio ante este mundo amorfo!