24 de octubre de 2014

El residente

El viejo, como aquel coronel, no tiene quien le escriba. Pero, lo peor, es que tampoco tiene quien le hable, ni quien le escuche, ni quien le lea y, casi diría, que tampoco tiene quien le mire. Bueno, le mira y le habla el personal del asilo, pero él sabe que son miradas y palabras pagadas y, si alguna no lo fuera, tampoco tiene forma de saberlo. Así que, cuando alguien le sonríe, nota que su última esperanza es la mirada pues, con los años, intuye más verdad en los gestos que fe le queda en las palabras.

4 comentarios:

Zeltia dijo...

no tiene quien le hable, ni quien le escuche, ni quien le lea y, casi diría, que tampoco tiene quien le mire...

por si no fuese desoladora la vejez. Aunque haya viejos y viejas muy optimistas, cosa que merece toda mi admiración. (y envidia)

Lan dijo...

Desoladora. Bien definido. La vejez nos va dejando solos. Y, no conforme, nos quita también hasta las fuerzas. Tendrá que ser así.
Saludos, Zeltia.

Descalza dijo...

Me han contado de un par de viejos que, pisándole la cola a los 80 no pierden el genio. Parece que el rencor los mantiene en salmuera. No se deprimen, no se amilanan y no se doblan.
¿Qué piensan ellos?
... no lo se con exactitud. Pero nunca les ha gustado escuchar. Solo ser escuchados. Ser atendidos y ser obedecidos sin rechistar.
Los hay así.

Lan dijo...

Sí, Descalza, también yo conozco a alguno de esos tipos. Pero la culpa la tienen quienes les rodearon. Y, si éstos, en lugar de ser buenos, se hubieran comportado como ellos, a buen seguro se les habrían bajado los humos. Porque vive por ahí mucho cabrón que basó siempre su fortaleza en la bondad de los seres queridos que le rodearon y, en lugar de abandonarles, les tuvieron ley.
Los fuertes no son ellos, son los otros.
Apapachos.