2 de noviembre de 2012

La España brava



Conocía a aquella chica menuda y pelirroja desde que ella tenía catorce años. Ahora era la asesora fiscal que llevaba los papeles de mi familia y las declaraciones de la renta.
-        Te salen a pagar siete mil euros. Pero, si quieres, te lo maquillo guapamente.
-        No, gracias. Prefiero pagar lo que sale y no tener el menor roce con Hacienda.
-        Bien se ve que no eres de mi pueblo, que sólo eres un arrimao, aunque te casaras con una de allí.
-        ¿Por qué?
-        Porque uno de mi pueblo nunca habría rechazado mi oferta. A ti, te faltan cojones –dijo burlona.

(A Maru, con quien nunca más reiré.)

5 comentarios:

Aldabra dijo...

y mejor que te faltan, la gente honrada es muy necesaria.

biquiños,

Lan dijo...

Y la Maru era muy cachondona.
Bicos, Aldabra.

d:D´ dijo...

Leches, es una pena que ya no esté pues en realidad ésa, y ella, es la que define la diferencia entre la honradez y el fraude.
[Esto nace de aquello donde se hace la ley nace la trampa]
Parece que, en manos de ella, estaba bien visto hacerlo y qué era mas hombre el que lo hace.
Instigadores hay muchos, luego se lavan las manos...
¿Risa? Puede, siempre, según como lo dijera

Lan dijo...

Ella, Beato, me conocía muy bien. Sólo quería hacer una broma conmigo. Y lo hacía a su modo, manejando los tópicos de los pueblos.
Era una mujer muy maja. La echo de menos.
Saludos.

d:D´ dijo...

De eso no me cabía duda, en tu última frase se notaba la nostalgia de su recuerdo; de ahí su sorna.
De ahí que mis palabras tuvieran doble sentido al inicio y encabalgado luego como pretexto y ejemplo.