
Veo filas de españoles besando, tocando y fotografiándose con la copa del mundo ganada en buena hora por, la de fútbol, nuestra selección. Se está llevando, el dorado símbolo de nuestra mundial supremacía, de pago en pago. Algunos lloran.
Y me recuerdo, fervoroso infante, besando con unción, del brazo incorrupto de Santa Teresa, la hornacina, ocasionalmente prestada por el Caudillo a mi ciudad. Y pondero: hoy España adora al ídolo de oro, ayer lo incorruptible. Y proclamo con esta derecha, mano sobre el pecho doliente: pobre España, traicionando el ejemplo de aquel, experto en incorruptibilidades, y supremo, aunque devoto, mandatario.