
El niño pregunta a su madre, cuándo iremos de paseo. La madre contesta, luego a la tarde. Y ese tiempo para el niño es una eternidad. Sin embargo, según envejecemos el tiempo transcurre más deprisa, al menos, yo lo percibo así. ¿Será el tiempo vital un movimiento uniformemente acelerado en el que los últimos años pasan a cual más deprisa? ¿Nos habremos habituado al tiempo, como a una droga, y cada vez lo consumimos más rápidamente? ¿Lo gastaremos en mayores cantidades cuanto menos nos queda? El día que digamos, sin mentir, no tengo tiempo… ya no diremos más palabras.