
Cuando escribió a su anciana madre y, luego, la visitó, llevándole flores y regalos, lo intuyó. Tampoco les gustaba. Entonces comprendió. No era sólo que no guardasen buen recuerdo, era que no podían admitir que él lo guardara. Que un ajeno hubiera recibido lo que ellos no alcanzaron. Y percibió definitivamente un rencor inmerecido que ignoraba. No toleraban al usurpador.