
La justicia, que se había hecho emigrante, viajaba de incognito con los astronautas buscando mundos nuevos donde asentarse para no desvirtuarse tal que aquí, para no renunciar al imperio que los hombres le habían usurpado, o sea, para ser ella. Así, al llegar a un lugar deshabitado, se implantaría por ser anterior a ser alguno. Y es que la justicia se llamaba severa e inflexible de apellidos y, en este mundo, que no había manera, oye. Lo tenía más que comprobado. Reparó súbitamente que eran hombres los que pilotaban y comprendió enseguida que aquello no resultaría. Estaba ya contaminada.