
La señora verdad era pudorosa y aborrecía, contra lo que dicen, andar por ahí desnudita cruda. Evitó el pudor, amando a un ciego. Y vivió feliz mientras éste callaba. Pero el ciego, en cuanto hablaba, era para faltarle. Así que, aunque invidente, salió maltratador el muy cabrón. Cavilando decidió marcharse con un mudo porque éste jamás podría ofenderla. Olvidó el lenguaje de los signos y de la mirada y mediante ellos el sordomudo también le faltaba a la pobre. Y pensó la señora verdad que quizás no fuese bien querida por nadie, exceptuando a los muertos que, al menos, callarían.