
A lo largo de mi vida he conocido a muchos hombres que, bien por vocación bien por conveniencia, pasaron parte de su infancia y de su juventud en un seminario sacerdotal. Luego, por la razón que fuera, lo abandonaron y reanudaron la vida ésta, más o menos normal, que todos llevamos. Sin embargo, no sé qué pasa que a todos se les nota su paso por esa institución. A veces, sin conocer a una persona me doy cuenta de que estuvo en un seminario. Siempre les queda una especie de pátina, un cierto tufo indesechable. ¿Lo notáis también vosotros?
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